sábado, 22 de diciembre de 2012

El día que no estuve



Mis ojos cansados miran a través de la ventana de un automóvil oscuro, la luz de la mañana me fastidia y desearía poder portar lentes oscuros para poder disfrazar el fastidio que me produce la luz solar, la mañana en si  me produce un fastidio, y quisiera solo seguir durmiendo, como ese día en el cual solo recuerdo el olor suave de la sábana junto al viento frígido que me congelaba la nariz.

Ayer estuve llorando sola en casa, las paredes parecían contraerse y expandirse a la vez, el ambiente era pesado, y más aún cuando intentaba buscar algo para recordar de ese día tan extraño y ajeno a mí pero que en todos causo cierto impacto considerable.

De todas las cosas que te dicen que no hagas, yo sigo las reglas y no las hago, así con el mismo valor que me impone mi subconsciente, simplemente preferí castrar mi primer impulso de hacer lo contrario, y como de costumbre hacía lo mismo de siempre. Pero la tarde del martes pasado, yo decidí no hacerles caso, y el mínimo movimiento desconocido para mi significó estar ausente por casi más de 24 horas.

Repasando la última escena “normal” que recuerdo, yo llevaba en las manos unos papeles, hacía mucho frio en las oficinas, estaba muy cubierta, del cuello a los pies, yo iba apurada por el camino que me llevaba al segundo piso del local, ese día tenía que salir temprano, todo iba bien, diría que era un día perfectamente tranquilo, pero yo tenía ganas de salir, ese día lo volvería a ver, como cada dos semanas, pero esta vez él me anticipo que haríamos algo diferente. ¿Cómo se me ocurrió ir contra todo lo que era cotidiano?, ¿Por qué tenía que hacer las cosas de diferente manera?, no lo sé, pero solo sé que dentro de toda esa rutina decidí dar la contra unos segundos, segundos que me cuestan en estos momentos.

Dicen que vieron mi cuerpo caído a la mitad de la escalera, que respiraba como si estuviera profundamente dormida, que mis manos parecían puños duros, y que la gravedad hacía que mis zapatos estuviesen a punto de salirse de mis pies. Hice un cuadro espantoso para los que creyeron por un segundo que no estaba viva, y un cuadro dramático para los que la escena les pareció chocante. Yo a partir de ahí me desconecté con lo que pasó en las horas siguientes, pero luego de tomar conciencia se me han venido rebelando una serie de escenas que dudo mucho pertenezcan a mis recuerdos; pues soy de las personas que guardan sus recuerdos, desde los más simples hasta los más complejos e importantes.

Dicen que ingresé a la sala de emergencias acompañada de mi colega y de una chica que trabaja  de los archivos, la primera intentando ubicar a mi familia, sin ningún éxito; y la segunda cargaba mis pertenencias intentando que me atiendan lo más pronto posible; corrían cada una su propia carrera, pero sentían que era desesperante la situación. El médico que me atendió, junto con un grupo de personas, vio mi estado tan digno de un coma, y les comunicó a mis dos acompañantes que la caída me había dejado profundamente privada, y que al no haber posibles o remotos daños en relación a la caída, sería bueno que permaneciera dormida, y que me despertaría en unas horas.

Dicen que mi jefe se enteró a las dos horas de mi accidente, y que se molestó que no le comentasen, pero lo que no quiso aceptar, era que había un tumulto en el primer piso y que yo estaba abajo, creo que era tan creyente en mi casi presencia tácita, que poco o nada se le pasó por la cabeza que yo pudiera sufrir un accidente. Como le dijeron que yo me despertaría a las horas, no fue a visitarme, tenía que avanzar las cosas de la oficina y ver por su propia vida. Ese día que supuestamente yo iba a salir temprano ha como dé lugar; de todas maneras no iba a poder salir, tenía comunicaciones pendientes que responder y que se acumularon con el transcurso del día. Pero como yo no estuve, no los pude responder ni hacer, y parecía un hecho curioso, pero conforme no estuve allí, la carga de trabajo se iba aumentando, y ya las cosas se iban poniendo más pesadas. No lo sé pero se me viene la imagen de él como preocupándose por todo, menos por cómo me sentí en ese momento; ¿qué podía esperar de alguien que conoce de mi lo justo y necesario para su entendimiento?

Dice mi madre que se enteró de mi accidente por la noche, ella venía de dar su visita al templo donde va religiosamente todos los martes y jueves; la pobre asaltada por la noticia y apresurada de estar cerca a su hija que no veía desde el domingo por la mañana, y que aunque increíblemente compartía casa, y a las quinientas la mesa, la primera noticia de la semana era saber que su hija estaba en alguna sala de emergencias reposando en un sueño profundo dizque producido por la caída accidental que sufrió. La “recuerdo” llorando en el taxi rumbo al hospital, intentando comunicarse con mi mejor amiga, la pobre como siempre buscando apoyo en propios y extraños; al ser su única hija, la soledad la aterra más que el solo hecho de verme sufriendo.

Dice “él”, que me estaba llamando por teléfono, que otra vez lo hicieron quedar hasta tarde, y como siempre me daba demasiadas explicaciones, yo creía que ese día que nos veríamos, sería para decirme que le agradaba mi presencia, pero no con ese tono solemne de amistad, sino con esa emoción de saberse correspondido con mi sonrisa, con mi mirada. Se me viene la imagen de él llamándome siete veces, y que mientras suena el tono de espera ensayando qué decirme, como intentando sonar entristecido, mirando el calendario para poder encontrar una fecha más libre.

Dicen que esperaban que me levante a las seis horas de mi “estado comatoso”, pero ya empezaba a preocupar a todos, el médico atinó a decir que era por las altas horas de la noche y que mejor me quedase en el lugar. Mis dos acompañantes estaban ahí tranquilizadas de ver a mi madre, y se fueron cada una, mi colega saliendo de la clínica para llegar a su casa a descansar; y la chica del archivo saliendo a una cita que tenía justo a esa hora.  Me cuenta mi madre que en sueños me quedé en el mismo estado, pero balbuceaba algunas palabras inconexas, y daba gemidos como susurros, como si me estuviera “rebobinando”, mi mamá me dejo así hasta la mañana en la que seguía durmiendo.

Al día siguiente cuando ya tocaba que me despierten, mi madre  fue a llamar al médico para ver que despertara, dicen que no reaccionaba a ningún estímulo, lo hicieron como por 30 minutos, mi cuerpo parecía estar relajándose de todo lo que hubiera pasado antes, y simplemente no reaccionaba, estaba en estado semicomatoso, pero no era nada grave. Por recomendación del médico me dejaron descansar un rato más.

Recuerdo una imagen de alguien intentando saber cómo estuve, me parece extraño, pero era un hombre con el que compartíamos horas en el almuerzo, sí era él, pero no me era usual esa preocupación. Yo lo conocí hacía medio año, y era un tipo parco y callado, creo que me interesa ahora, de hecho es poca la gente que se manifestó interesada en mí en ese trance que pasé.

Al final, terminé levantándome las altas horas de la tarde, fue tan profundo el sueño que lo primero que recordé era que iba a llegar tarde a mi cita con “él”, estaba con la cara demasiado rosada y llena de líneas por pasar muy pegada a la almohada. Mi madre apareció y me dijo que era hora de ir a la casa, y así nos fuimos. Ya era muy tarde, y lo que menos quería hacer era descansar, y fue ahí cuando me vinieron todas esas visiones que me hicieron suponer que el día no había acabado aun. Viendo el celular, encontré muchísimas llamadas y no sabía por cual empezar, y en eso me vino una emoción fuerte que no pude contener, las lágrimas me brotaban por los ojos y por primera vez sentí lo que era dejar espacio vacío, y aunque a  tientas, ir suponiendo lo que había pasado en tanto yo no estaba presente. 

Creo que terminé por replantear que uno es y existe por su propia funcionalidad en esta vida, pero todavía me queda la imagen de esa persona preocupada por mí.